sábado, 8 de febrero de 2014

El placer de leer

¿Alguna vez has sentido que, a dos páginas de acabar un libro, necesitas parar, saborear el momento? ¿Te has debatido entre las ganas de conocer el desenlace y las pocas ganas de llegar al final?

Entonces supongo que, como yo, consideras leer como un gran placer, insustituible, diferente. La emoción al leer la primera frase, la curiosidad por la historia que te contarán, por situarte: época, clase social, momento histórico, carácter del personaje...Todo es posible, todo puede pasar, y durante unos días lo que le ocurra a los personajes de tu libro formará parte de tu vida. Tu empatía crecerá y, si la historia te ha enganchado, te será difícil dejar marchar a los personajes.

He estado en tantos sitios diferentes y he conocido tantas costumbres gracias a los libros...Incluso he aprendido a interpretar comportamientos, a detectar diferentes personalidades. Y sí, bueno, son sólo historias ficticias, o historias reales rodeadas de situaciones ficticias, pero no puedo olvidar que la mayoría de las veces la realidad supera con creces la ficción.


Esta reflexión la escribí en un tren, con lágrimas en los ojos, tras despedirme de mis últimos personajes, compañeros durante unas semanas, los personajes de la novela Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini. Es el último de dos libros que me han enganchado sobremanera y que, si bien son muy distintos, existe un fuerte punto de conexión... 

- Mil soles espléndidos                                                            
    Khaled Hosseini  
- Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea
   Annabel Pitcher   

Creo que he aprendido bastante leyendo ambos libros, de una cultura muy distinta a la nuestra, pero también de la nuestra propia. Y al final, va a resultar que las formas son distintas, pero los sentimientos son universales...                               



domingo, 15 de diciembre de 2013

Esta Navidad me pido...¡Carpe Diem!

En el último mes, una película y un libro me han provocado sentimientos parecidos. Me han dejado una sensación agridulce (más dulce que agria a decir verdad). Y me han hecho reflexionar acerca de mi forma de ver mi vida diaria. Y no se trata de una novela merecedora de un premio Novel o de una de las mejores películas de la historia. Son historias sencillas, romanticonas, sin pretensiones. Pero de esas historias que tienen un mensaje claro y no aspiran a más que a hacerte sentir y dejarte una medio sonrisa bobalicona y los ojos enrojecidos. 

Hace un mes vi la película About Time y acabo de terminar de leer el libro Posdata: Te quiero. La película te enseña a cómo vivir cada día como lo que es, irrepetible. El libro es un libro sentimental, puro sentimiento, alimentado por una historia trágica. El libro y la película logran sacarte risas y lágrimas por igual. Son fáciles, pero no completamente superficiales; son sensibleras, pero con fundamento. En resumen, historias enternecedoras. 

El mensaje de la película y el libro está bien claro y no es nada nuevo: Carpe Diem. Disfruta cada día de tu vida, porque aunque te parezca anodino o aburrido, contiene detalles muy especiales. Cada vida es diferente, especial e importante. No hay que aspirar a tener la historia de amor más original y romántica de la historia, a ganar premios que certifiquen que eres bueno en tu trabajo ni a vivir en la casa y el lugar de tus sueños. Por supuesto, todo el mundo aspira a eso, pero por norma general, crecer significa aprender a vivir con la frustración de que nunca alcanzaremos todos nuestros sueños tal y como los queremos. A veces nos aburrimos hasta el infinito de nuestro día a día, de la lluvia, de las averías, de los problemas en el trabajo. Pero cada día está lleno de alegrías a las que tal vez nos hemos acostumbrado y ya no vemos nunca más. No es fácil detectar las pequeñas alegrías entre ojeras, ropa sucia, bolsas de la compra o discusiones varias, pero la felicidad reside ahí. Y leer Posdata: Te quiero o ver About time, puede realmente ayudar a valorar la vida tal y como es. Sigo pensando que la ambición es buena en su justa dosis, que el inconformismo ayuda a mejorarse personalmente, pero también ayuda a ser mejor persona aprender a encontrar la felicidad en el camino, no sólo en la meta, aunque éste esté lleno de piedras o sea empinado. 

Por eso, mi regalo navideño es la recomendación de ver About Time y leer Posdata: Te quiero. Permitiros ser un poco sentimentales por un momento y aceptar que la frase tan trillada "Lo que realmente importa es el amor" ¡es real! 

Os deseo una feliz Navidad llena de amor a todos (incluidos a aquellos que no creen en la Navidad ;-))



lunes, 18 de noviembre de 2013

9 días en Nepal

Cualquier viaje a Nepal comienza en Katmandú. Ya sea de paso hacia las montañas o porque el destino principal es la capital nepalí, todo viajero acaba visitando los templos de Durbar Square, comprando en el caótico barrio Thamel,o visitando el Templo de los Monos. Así que la primera impresión de Nepal es caos, polvo, suciedad y tráfico. Llegar a Katmandú y ser capaz de andar por sus calles sin agobiarse requiere de, al menos, una mañana de entrenamiento. Katmandú tiene templos, estupas de ojos pintados y pequeños Budas por doquier, alcanzando el máximo esplendor en la fantástica Durbar Square. Pero para alguien que va allí buscando la naturaleza que sólo en el Himalaya se puede encontrar, tanto polvo, basura en la calle, motocicletas y sus pitidos (en Nepal no hay normas, así que conducen pitando todo el tiempo: es su forma de hacer saber que se aproximan) pueden causar cierto rechazo.




Nosotros íbamos, al puro estilo europeo, buscando la montaña, la naturaleza. Pero en Nepal la dicotomía ciudad/montaña no existe como nosotros la conocemos (ciudad = avance, tecnologías, industrialización, oficinas...Montaña= lugar despoblado, retiro...). La mayoría de la población nepalí es rural y allí las cabañas rurales no son hoteles-spa, restaurantes de turismo rural o centros de visitantes, son viviendas de familias enteras que viven del campo (y de los senderistas, por supuesto). A medida que desde Pokhara vas subiendo en taxi en altitud, la ciudad se va diluyendo, poco a poco, sin mostrar un claro contraste. Las casas se van espaciando, las motos y sus pitidos se van notando cada vez menos, la carretera se hará cada vez más estrecha, pero para cuando se llega al inicio de la ruta de senderismo, las cabañas siguen repartiéndose por las laderas de la montaña, las personas siguen usando sus móviles y la forma de vestir es exactamente igual que en la ciudad. Todos quieren vivir como en la ciudad. Sólo cuando se comienza a subir por vías inaccesibles para los vehículos, y los burros y porteadores reemplazan a las motos y los coches, se empiezan a apreciar las diferencias que la escasez crea en las formas de vida. 

Cuando iba en el avión, camino de Nepal, mi mente estaba llena de imágenes del ostentoso pico del Anapurna, imágenes de valles derramando aguas de nieve y bosques de mil especies mezcladas, esos que ya hace tiempo nos cargamos por estos lugares del mundo. Sin embargo, nunca soñaba con las cabañitas de madera esparcidas por las laderas, ni con los burros y las vacas echándonos del sendero, ni con la película nepalí que me vería en un refugio de montaña. Y fue esta cultura inesperada la que más me llenó. Puede que las nubes y lluvia que empeñaron las vistas de las imponentes cumbres tengan la culpa de que mi atención se desviara hacia lo más mundano: las personas que, a diferencia de en Europa, siguen habitando las montañas, cultivando sus verduras, matando a sus pollos y tejiendo su ropa. 




Adentrarse en el Himalaya merece mucho la pena, pero no sólo porque el paisaje deja sin aliento, si no porque entras en contacto con una forma de vida que nosotros perdimos. Las personas siguen viviendo de, para y con la naturaleza. Los habitantes de los pueblos aun escuchan y respetan al campo y sus ciclos, porque dependen de ellos. No intentan cambiarlos para su comodidad, se adaptan en los peores momentos y se aprovechan de los buenos. Y sí, claro, quieren tener las mismas oportunidades que los ciudadanos de Katmandú, por eso algunos tienen televisión y a muchos sitios llega Internet. Lo que no ven es que, desde mi punto de vista, su calidad de vida es inmensamente mayor que la de los pobres habitantes de la capital, que llevan mascarilla cuando salen a hacer la compra. 

Viajar siempre aporta algo, abre un poco más la mente, y, en mi caso, me ha servido para volver a un debate nada novedoso, pero duradero: el desarrollo de los países en desarrollo. Yo he apreciado la forma de vida de los nepalíes en la montaña, pero ellos cada vez más quieren huir a la ciudad, ser "modernos" y tener todo lo que ven a los actores de las películas americanas. Y tienen derecho a quererlo, pero en Katmandú he sido testigo de que la globalización no les ha hecho ningún bien. Nosotros ya hemos comprobado que nuestro modelo de crecimiento es perjudicial a largo plazo. Pero ellos quieren probarlo y están en su derecho. Sólo que me daría tanta pena que también allí dejase de escucharse a la naturaleza...

jueves, 24 de octubre de 2013

Feliz y cansada

Me encuentro agotada y no debo extenderme demasiado, porque tengo tanto que contar y tan pocas energías que podría liarme...Así que hoy escribo sólo un aperitivo, una rápida lluvia de ideas de lo que me han inspirado las dos semanas y media de viaje por Nepal y Tailandia:
- Fui a Nepal por sus montañas, pero las nubes las cubrieron y entonces fueron sus gentes las que colmaron con creces mis expectativas.
- No hay nada predecible: la estación seca en Nepal puede convertirse en estación lluviosa de un instante para otro. 
- En los ¨lodges" de montaña, lo mismo puedes conocer a un inglés trabajando para una ONG en Sudáfrica, que a un madrileño dedicado a terapias hipnóticas (con sesión de hipnosis incluida...).
- La sopa de ajo y el té de jengibre realmente ayudan a curar catarros.
- Hay tópicos muy reales: los tailandeses son todo sonrisas y hospitalidad.
- El monzón tiene su encanto: las playas se vacían, y bañarse bajo la lluvia en aguas tailandesas es un placer recién descubierto.
- La comida tailandesa está buenísima, pero picante. No importa que el camarero te diga "Non spicy", no os confiéis, pica igualmente.

Nepal y Tailandia tienen mucho que ofrecer, y es una pena que yo sólo haya podido explorar la puntita del iceberg. Acabo de llegar y ya estoy deseando volver...

Y ahora sí...¡buenas noches!




miércoles, 21 de agosto de 2013

Armas ilegales

Me resulta tan chocante leer ésto en el periódico. Me refiero al hecho de que haya armas legales, cuando yo asocio totalmente la palabra "arma" con la palabra  "ilegal" (aunque sé que es debido a que he crecido en un entorno muy pacifista...).

Pero a lo que vamos: estaba en la pausa del almuerzo en la oficina, de forma excepcional, comiendo delante del ordenador, y me ha dado por mirar las noticias. Y se me ha atragantado, literalmente, la comida. Hablan del uso de armas ilegales en Siria, de armas químicas; hablan de un nuevo ataque que podría haber matado a 200 personas según unas fuentes, pero a 600 según otras. Y lo que es aún peor, hablan del conflicto que, todos sabemos, dura ya más de dos años.

Y ahora, así, con la ensalada de pasta atragantada, reflexiono: ¿cuánto tiempo he pensado yo en la guerra siria en los últimos dos años? Siempre que leo las noticias hay algo más importante en lo que pensar:

Desempleo y conflicto sirio
Caso Bárcenas y Siria
Accidente de tren y Siria
Matrimonio gay y Siria
Nuevo heredero en Inglaterra y Siria

Y no es que los titulares no sean importantes, que lo son. Es que Siria casi siempre está en segundo plano (de ahí para abajo), por lo que pocas veces le dedicamos nuestros más directos pensamientos. Y uno se acostumbra a leer lo que pasa, a entender que en un conflicto tan complejo ninguno de los dos bandos es inocente, y se adormila porque piensa que esa guerra nos pilla muy lejos y no hay nada que hacer.

Pero hoy, se me ha cerrado el estómago, como un sano recordatorio de que hay muchas personas inocentes muriendo injustamente e "ilegalmente" en un país que nunca he visitado, pero que existe. Y las personas son personas, vivan donde vivan.

Hoy escribo ésto para recordarme a mí misma que los conflictos y consecuentes muertes no son menos injustas porque no aparezcan en los titulares de nuestros periódicos occidentales tan frecuentemente como deberían. Porque van dos años de conflicto y poco es el tiempo que he dedicado en mis pensamientos a los habitantes sirios. 

Las injusticias provocadas por la crisis española no dejarán de entristecerme, pero lo que está viviendo el pueblo sirio merece aún más mi más completo rechazo y empatía.

lunes, 22 de julio de 2013

Sol

El sol ha tornado las dificultades en oportunidades, los obstáculos en retos y los arrepentimientos en experiencias.

Soy fan de las típicas frases: "La realidad depende del observador", "La realidad depende del cristal con que se mire". Pero jamás pensé que mi realidad pudiese cambiar tanto cuando la temperatura supera las 25º y el sol brilla y calienta.

Soy la misma, yendo en la misma bicicleta a la misma oficina. Vivo en la misma casa y llevo el mismo horario. Sin embargo, algo ha cambiado. El sol ha traído consigo no sólo alegría, si no también la certeza de que estaba malgastando el tiempo quejándome. Por suerte, llegó justo a tiempo. Ahora sé que me aburría porque no pensaba en lo que hacía, me cansaba porque estaba aprendiendo. Ahora veo que si perdiera lo que tengo, con sus ventajas y desventajas, entendería lo que es perder oportunidades, encontrar obstáculos y, tal vez, arrepentirme. 

Y todo por el Sol. Voy a empezar a pensar que, como dice mi compañera, soy una planta y necesito hacer la fotosíntesis.

¡Bienvenido verano!


domingo, 23 de junio de 2013

La cura de Belgrado

Belgrado es una ciudad vestida por su gente. Como un mujer que intenta ocultar sus pequeños desperfectos con ropa alegre, favorecedora y que destaca lo mejor de su cuerpo. Los desperfectos (edificios grises, en ruinas o simplemente bombardeados) quedan en un segundo plano, en una ciudad en la que sus habitantes están muy vivos, son activos y tienen muchas ganas de comerse el mundo.


Pero pese a los signos que su historia reciente ha dejado en ella, Belgrado es una ciudad con potencial. Avenidas amplias, edificios grandes en buen estado y, lo más valorado desde mi punto de vista: muchos y variados espacios verdes. En definitiva, cuando paseas por ella cuesta visualizar lo que ocurría en sus calles hace menos de tres lustros. Esas historias que el taxista que me llevó al aeropuerto me contaba...

...Él  tenía 8 años en el 99, cuando le contaban que estaban en guerra. En seguida, él se preparó para ver soldados, tanques y demás personas y armamentos que cualquier niño asocia a la palabra "guerra". Pero no, esa guerra resultó ser menos obvia. Desde sus recuerdos, la guerra consistía en escuchar un avión volar muy muy bajo, y entonces estar preparado a que algún edificio fuese bombardeado. Una vez, una bomba cayó muy cerca de su casa, y aun se puede observar el hueco creado en la calle. No le daba tanto miedo como ver a soldados disparando, pero cada vez que escuchaban un avión tenían que confiar en que no cayese cerca de su vivienda...

Esos niños son ahora los jóvenes que levantan el país. Los jóvenes que compran sin parar y visten como parisinos o londinenses, siguiendo las más novedosas modas. Los jóvenes que aún en una noche de tormenta de martes, siguen en la calle charlando a las 12 de la noche (y es que ya me avisó la recepcionista de mi hotel de que allí cada noche era noche de fin de semana). Esos jóvenes que, en definitiva, viven y disfrutan su ciudad.

Sí, también hay problemas económicos en Belgrado, pero la sensación que da al pasear por el centro es de prosperidad. Terrazas llenas, ejecutivos con móviles, novísimas tiendas de ropa (Mango y Zara entre ellas, por supuesto) con impecables escaparates. Eso sí, si levantas la vista más allá de la tienda, el edificio presenta desconchones reclamando una restauración urgente.

En definitiva, Belgrado es una sopresa. Y un claro ejemplo de cómo la historia de cada ciudad la modela su gente. Belgrado podría estar llorando sus agujeros y escasez, pero la actividad en sus calles camufla cualquier resto de pesimismo.

Pasear por Belgrado sienta bien. Y más si llegas al río y presencias una preciosa noche de tormenta como ésta.