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lunes, 7 de abril de 2014

Drie jaar geleden...

Hace tres años llegué a Bélgica. Llovía. Nosotros reíamos, éramos puro entusiasmo, ¿qué nos traería esta nueva aventura? Han pasado tantas cosas en tres años...

Estos tres años me han dado nuevos amigos, paciencia, un anillo de compromiso. Me han enseñado que, después de todo, el inglés no es el idioma universal, que hay que hacer esfuerzos por aprender la lengua local para entender los matices de una cultura. Me han descubierto una forma de fracasar que nunca había conocido antes, y con ella, una madurez y serenidad nuevas. Estos tres años me han servido para iniciarme en la repostería (con unas cuantas cookie-times de por medio....). Me han enseñado a estirar mis límites continuamente, como si de una goma elástica se tratase... He aprendido palabras en flamenco, y en argentino. He cocinado mejillones al estilo belga.

Estos tres años han traído muchos viajes en avión, me han descubierto una nueva forma de viajar, un pelín más desagradable. Pero he aprendido a asimilar esa continua sensación de estar en dos lugares a la vez, pero en ninguno al mismo tiempo. Estos tres años me han dado un ahijado fantástico y, con él, una nueva forma de querer; me han dado tres bodas de buenos amigos (y alguna que otra que nos tuvimos que perder). He pasado mi primera noche en un hospital. 

Tres años dan para mucho. He redescubierto gustos, por el jazz y por la sopa; he afianzado otros, bailar, bailar y bailar. He descubierto el placer de hacer yoga. He aprendido cómo convertir una casa en un hogar. He conocido a Rozalén. Me he enganchado a The National. 

Durante estos tres años he tenido muchos ruidos de obras, mucho insomnio y lluvia. He aprendido a valorar el sol. Me he acostumbrado a no entender a la gente conversando en el tranvía o autobús. He convertido los pantalones impermeables en una prenda imprescindible al salir de casa. Me he comprado mi primera bicicleta de paseo. He corrido dos carreras populares. He presentado mi primer poster, he dado mi primera charla en inglés. He entendido que investigar no es lo que yo pensaba. 

He vuelto a Paris y Ámsterdam una y otra vez, he conocido Tailandia, Nepal, Argentina, Belgrado, Menorca, Viena, Aviñón, Orleans... 

Me he enfrentado a muchos de mis mayores defectos y miedos y he tenido que aceptarlos. He cometido errores, los he superado. He preparado fiestas para 20 personas, he disfrutado de muchas cenas íntimas. 

He reído, he llorado, me he frustrado, mucho. He confirmado que ya hace tiempo que elegí a mi compañero de viaje delante de más de 200 personas. Me he montado en una bici vestida de novia. Estos tres años me han enseñado que la felicidad la dan las personas, no el lugar. He corroborado que una vida cabe en dos maletas y cuatro cajas. He descubierto el placer de mandar tarjetitas para felicitar todo tipo de eventos a las personas queridas. 

Estos tres años me han cambiado. He aprendido a valorar otras culturas, y he aprendido a valorar la mía propia, con tópicos incluidos (¡sí, me gusta bailar sevillanas!). Soy más flexible.

Estos tres años también me han quitado cosas, especialmente tiempo con la familia. Me he perdido comuniones de personitas importantes para mí, cumpleaños y reuniones.

Sin embargo, no me queda nada más que agradecer a Bélgica todo lo que me ha dado en los tres años más intensos de mi vida. Redescubrirse a través de una cultura diferente es fascinante. La repentina insatisfacción al entender que ningún sitio es perfecto es un combustible ideal para VIVIR, vivir muy intensamente aprovechando lo bueno de cada lugar.

Hace tres años llovía, nosotros éramos puro entusiasmo...¿qué nos deparará la próxima aventura? 



lunes, 22 de julio de 2013

Sol

El sol ha tornado las dificultades en oportunidades, los obstáculos en retos y los arrepentimientos en experiencias.

Soy fan de las típicas frases: "La realidad depende del observador", "La realidad depende del cristal con que se mire". Pero jamás pensé que mi realidad pudiese cambiar tanto cuando la temperatura supera las 25º y el sol brilla y calienta.

Soy la misma, yendo en la misma bicicleta a la misma oficina. Vivo en la misma casa y llevo el mismo horario. Sin embargo, algo ha cambiado. El sol ha traído consigo no sólo alegría, si no también la certeza de que estaba malgastando el tiempo quejándome. Por suerte, llegó justo a tiempo. Ahora sé que me aburría porque no pensaba en lo que hacía, me cansaba porque estaba aprendiendo. Ahora veo que si perdiera lo que tengo, con sus ventajas y desventajas, entendería lo que es perder oportunidades, encontrar obstáculos y, tal vez, arrepentirme. 

Y todo por el Sol. Voy a empezar a pensar que, como dice mi compañera, soy una planta y necesito hacer la fotosíntesis.

¡Bienvenido verano!


sábado, 30 de junio de 2012

Opiniones de una española en Bélgica

Llevo viviendo quince meses en Bélgica y aún no me he dignado a escribir sobre el país, su cultura y cómo mi vida ha cambiado aquí. Demasiadas reflexiones que escribir, demasiado que contar...Hoy empiezo resumiendo mis opiniones en dieciséis claves, mitad positivas y mitad negativas. Os dejo un trocito de mi experiencia belga:

Me gusta:

1.- El jazz y la música alternativa por doquier.
2.-Las bolsas traseras de las bicis con la compra del supermercado.
3.-Las verduras y huertos ecológicas en jardines urbanos.
4.- Beberme una La Chouffe en un bar belga con música en directo.
5.- El queso con mostaza.
6.- El plurilingüismo belga.
7.- El estilo de las belgas y sus falditas volando al viento.
8.- Los festivales culturales de verano.

No me gusta:

1.- El tráfico y la descoordinación de los semáforos de Amberes.
2.- Las nubes que veo todas las mañanas.
3.- El hermetismo belga cuando de la vida personal se trata.
4.- La falta de espontaneidad.
5.- Las obras a la vuelta de cada esquina.
6.- El almuerzo a las doce del mediodía.
7.- La altura media de los y las belgas.
8.- No ver montañas, ni respirar aire puro.




domingo, 24 de abril de 2011

Mi nuevo barrio

Salimos de casa dispuestos a explorar la barriada. La mente abierta, todos los sentidos puestos en los locales y personas que veremos habitualmente a partir de ahora. ¿Hacia dónde vamos?Probemos primero a la izquierda. Comenzamos a recorrer la calle hacia el norte y poco a poco se nos va olvidando que estamos en Bélgica. El cielo azul, el sol casi quemándonos y la gente hablando portugués. Llegamos a la plaza de los mercados y un edificio pintado en verde y rojo hace esquina y su letrero reza Café O Espigueiro...¡y ponen café Delta!Estamos en el barrio portugués. Parece que un avión nos haya transportado y las pizarras de los bares anuncian dorada a la sal y otras delicias en lugar de Frituur. Continuando la misma calle dirección sur y pasando nuestro portal llegamos a los alrededores de la estación central. Gente de todos lados se cruzan sin parar repartiéndose por toda la ciudad y se mezclan con los turistas con gafas de sol que tranquilamente beben cerveza belga en las agradables terrazas de la calle De Keyserlei. La oferta gastronómica ha cambiado ahora y los camareros sirven comida belga, italiana, mejicana, japonesa...toda la diversidad posible para agradar los diversos gustos de todos los turistas que por allí pasan a diario. El nivel de los restaurantes ha subido en esta zona, así como los precios, y se pueden observar coches de las más altas gamas posibles. No sólo hay restaurantes y bares, las tiendas más chic, algunas asequibles, otras prohibitivas se pueden encontrar aquí y unos grandes almacenes completan esta abarrotada calle en la que lo mismo pasan ejecutivos volviendo del trabajo en bicicleta que un grupo de turistas americanos deboran unas fritjes con ketchup o una elegante pareja busca muebles en una tienda de decoración a la que nosotros ni nos atrevemos a mirar los precios.  Pero si, una vez llegados a la estación central, miramos hacia el norte, encontramos un enorme pórtico que nos anuncia la entrada a China town, aunque más que China town podría llamarse China street, pues se trata sólo de una calle. Una calle llena de chinos trabajando en resturantes chinos. Lo que a priori podría parecer un reclamo turístico por lo llamativo del pórtico, no lo es tanto. Por esa calle no se ven tantos turistas, lo que más se encuentran son chinos comiendo en sus propios locales y comprando en sus tiendas especializadas en productos orientales. Se nos ocurre que si algún día nos apetece comer comida china no habrá lugar más auténtico que aquél. Al terminar la calle llegamos a la plaza De coninckplein. Un grupo de jóvenes negros juega al baloncesto y aquí la moda afro no es una moda, sino lo habitual. Estamos en la plaza africana. Las familias africanas se reunen aquí alrededor de la explanada, aprovechando el buen tiempo. A su vez, en uno de los laterales de la plaza un moderno edificio acristalado destaca y nos llama a entrar. Nos encontramos una sugerente cafetería que comunica directamente con una novísima biblioteca. Entrando y saliendo de ella se puede observar a gente de todo tipo: belgas mezclándose en la plaza con los africanos y los chinos que van de paso hacia "su ciudad". Al salir de la plaza solo tenemos que recorrer 100 metros más para llegar de nuevo a nuestro portal. Miramos el reloj, no hemos estado fuera ni media hora, pero hemos paseado por Portugal, por África, por la Bélgica más turística y comercial, y por China. Y en ese primer paseo no se nos ocurrió explorar la parte de atrás de nuestro edificio, donde ahora sabemos que está la plaza más estudiantil de Amberes dada su cercanía al campus del centro de la ciudad y el comienzo del centro histórico...pero eso ya es otra historia.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Bélgica

Tengo recuerdos de aceras anchas, pocos coches y muchas bicicletas. Recuerdos de chicas guapas con pañuelos en el cuello bailando a contracorriente por el aire que corta la bicicleta. Recuerdos de chicos altos y tímidos, que a partir de las 9 de la noche eran de lo más sociables y simpáticos. Recuerdos de cervezas sabrosas y de bares con personalidad y de aire limpio y viajes en tren. No me puedo olvidar de los canales, presentes durante todo el dia, cuando iba a clase, cuando iba al supermercado, cuando salía, cuando me tomaba una cerveza al sol. También me acuerdo de los conciertos gratuitos, especialmente de los de jazz, ya que puedo decir que allí descubrí que ese estilo musical me gustaba más de lo que pensaba. Recuerdo las meriendas de chocolate, las caidas de la bicicleta sobre una gruesa capa de nieve. Desde hace más de 5 años, llevo un trocito de Gante y, por extensión a Bélgica, en mi mente, pero, dada la debilidad de mi memoria, más que detalles exactos recuerdo sentimientos, sensaciones que se quedan grabadas y que se llevan para siempre, aunque se olvide el nombre de tal comercio o de aquel bar. En mis retinas quedaron grabados ese color grisáceo de la ciudad, que se vestía de amarillo cuando llegaba la noche. En mis oídos siguen sonando de ver en cuando los tranvías al pasar y se entremezclan con música jazz y rock. Mi olfato aun rememora el olor del aceite usado para freir las friets, tan desagradable a primeras horas de la mañana, pero tan apetecible de madrugada...Y mi paladar guarda el sabor de los gofres de Bruselas, de las mil y una salsas probadas con las friet cada noche de fiesta y las cervezas belgas, culpables de que dejara de beber tinto con limón.

Ahora Amberes me da la oportunidad de volver a ponerle nombre a las sensaciones. Las patatas fritas las probaré en distintos locales, conocerá bares parecidos a los de Gante y volveré a coger el tren los fines de semana, dejándome empapar de esa cultura tan amigable, que tan buenos recuerdos me dejaron y a la que espero exprimir aun más, ahora que llego por segunda vez, 5 años más vieja, con (unas poquitas) de menos ganas de fiesta y más de moverme y de absorber detalles, experiencias y cultura.

Os iré dejando descubrimientos y anécdotas y sobre todo, para qué nos vamos a engañar, sensaciones, que por mucho que me esfuerce, yo escribo por impulsos de los sentidos, no de lo aprendido.
Hasta pronto, desde Amberes