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jueves, 3 de julio de 2014

La importancia del carbono, sin perder la perspectiva (2)

De vez en cuando entre mis actividades investigadoras, me topo con algún razonamiento que me chirría, que me vuelve hacer pensar en aquéllo de lo que ya escribí acerca de los sesgos en investigación y sus causas. Y en momentos como ésos, a veces encuentro artículos que acaban de estimularme del todo para hablar de cómo la interpretación de resultados en ciencia no es absoluta...

Empecemos por el artículo, para los que estén interesados:

Körner C (2013) Growth controls photosynthesis - mostly. Nova Acta Leopoldina 391:273-283

Y ahora la historia, que dice así:

El carbono es importante: después del agua, es el elemento más abundante en  nuestro cuerpo. Lo mismo ocurre en la vegetación. Y ya sabemos que el carbono también forma parte del dióxido de carbono (CO2), ese archiconocido enemigo, provocador del efecto invernadero. Al final del siglo XIIX, se descubrió que las plantas no "comían", es decir, no tomaban el carbono del suelo como se pensaba, si no de la atmosfera: tenían la capacidad de transformar CO2 en oxígeno a través de la fotosíntesis. Este descubrimiento fue tan transcendental, que hoy en día es una de las lecciones de biología más importantes en las escuelas. Porque de la fotosíntesis depende el equilibrio de la atmósfera, y por lo tanto, nuestra respiración.

Y ahora que sabemos que el cambio global existe y que las cantidades de CO2 en la atmosfera están aumentando exponencialmente, las plantas se convierten en nuestras mejores aliadas. Al fin y al cabo son máquinas perfectas que atrapan este CO2 y funcionan como almacenes de carbono. Y con esta idea en la cabeza han proliferado experimentos para comprobar que, efectivamente, el aumento de CO2 puede ser un motor para producir más vegetación, y por lo tanto, almacenar más carbono en la tierra. La tecnología ha permitido desarrollar instrumental para medir de forma rápida la actividad fotosintética y comprobar que, a mayor cantidad de CO2 en la atmósfera, más "trabaja" la planta, mas fotosíntesis hace y su producción de tejido vegetal aumenta exponencialmente. Al fin y al cabo, si la "comida" esta ahí, ¿por qué no comerla?

Y así, una gran idea se ha incorporado en la investigación del ciclo del carbono: la producción fotosintética controla el crecimiento vegetal y por tanto, la acumulación de carbono en bosques y otros sistemas naturales. Si hay más CO2, las plantas aumentarán su actividad fotosintética y por tanto su masa vegetal. Pero en este razonamiento nos olvidamos de algo: el carbono no lo es todo.

Cualquier organismo vivo necesita mantener un perfecto equilibrio entre los elementos de su cuerpo. Por muy importante que sea el carbono, si éste no se encuentra en proporciones adecuadas con otros nutrientes, los tejidos no pueden formarse. Las plantas no son almacenes de carbono, son células vivas. Así pues, si en un ecosistema natural hay mucho CO2 disponible, las plantas podrán hacer fotosíntesis, pero si en el suelo hay falta de nutrientes o agua, no podrán crecer y formar nuevos tejidos.

Parece obvio ¿verdad? Es como si a nosotros nos colocasen delante de un manjar sin fin, pero con agua limitada; en algún momento dejaríamos de ser tan felices ante tal manjar, nos llenaríamos y empezaríamos a competir entre nosotros por el poco agua que queda en la mesa. 

Si queremos saber el crecimiento final real de algo no medimos una única fuente de alimento, si no el conjunto de los alimentos que se necesitan para crecer. Si uno de ellos escasea (por minoritario que sea), la formación de nuevo tejido parará, aunque la planta continúe tomando CO2.  

Y si todo es tan obvio, ¿por qué aún no está completamente integrado en la comunidad científica? Pues porque medir la capacidad fotosintética de una planta se ha convertido en algo fácil gracias al instrumental, pero tener en cuenta la limitación de nutrientes en el suelo, la competencia por el agua y la formación de tejidos es algo mucho más tedioso y no está tan automatizado. 

El carbono y la tan popular huella del carbono está en el punto de mira de todos: en ciencia, en política, en empresas. Es importante sí, pero el carbono no viene solo. Nitrógeno y fósforo, por ejemplo, empiezan a asomar sus cabecitas en las agendas de los científicos. Pero son mucho menos conocidos que el carbono, y aún hay mucha ciencia que desarrollar para llegar a entenderlos completamente.


Una vez más, hagamos uso de los avances tecnológicos, pero no dejemos que estos sesguen la forma de analizar lo que ocurre a nuestro alrededor. Continuemos mirando a lo desconocido y así podremos llegar a predecir como nuestros ecosistemas responderán al cambio climático. Estudiemos el carbono, sí, pero sin perder la perspectiva. 


martes, 30 de abril de 2013

La magia de los bosques

La diversidad de formas de vida y procesos que ocurren en un bosque a lo largo de un año son mágicos.
Y este vídeo os lo mostrará.


a Forest Year from motionkicker on Vimeo.

domingo, 15 de abril de 2012

La dificultad del punto medio

En mi opinión, los retos se encuentran en los puntos medios, en las intercepciones, en los solapes, la unión...hay muchas maneras de describirlo. No paro de observar cómo existe una inercia que nos mueve hacia los extremos. Y esto ocurre en distintos ámbitos: podría estar hablando de política, de moda, o de cualquier otro tema, pero hoy me centraré en la ciencia.

A veces el "centro", el punto medio, está visto como aburrido y monótono. Es más interesante estar metido en el meollo de una cuestión, esto es, en el tema puntero. Sin embargo, no todo es blanco o negro, se dice, también hay gris. Pero el gris se rechaza. Es menos intenso, menos excitante, es algo, pero nada a la vez. Y sin embargo, yo encuentro en los "puntos medios" los mejores retos escondidos.

En los límites entre disciplinas es donde surgen los desafíos, las dificultades más ocultas, pero más complejas. Es el caso del tema que abordo: desde las primeras lecciones de ciencia que recibimos, siempre hemos diferenciado el mundo acuático del terrestre, de forma que a la hora de elegir especialidad, casi sin darnos cuenta, estamos eligiendo y definiendo claras barreras del terreno de la ecología en el que nos movemos. Y es cuando alguien penetra en la interfaz entre ambos mundos cuando se descubre el abismo que se ha creado a base de separatismos involuntarios. Los científicos del mundo acuático están interesados en ciertos factores, describen parámetros expresados en ciertas unidades de medida mientras que al otro lado de la barrera, los ecólogos terrestres se centran en distintos factores ambientales y expresan concentraciones, flujos y cantidades con distintas unidades.  Pero, ¿cuál es la barrera entre ambos mundos? El agua del suelo. Cuando empecé a estudiarla no sabia lo interesante que podría resultar. En el agua del suelo comienza un intercambio de componentes que llegarán al agua subterránea, a los ríos y de ahí, al mar. Pero todo está relacionado: aunque siempre se haya estudiado de forma distinta el ciclo del carbono en el océano que en los bosques (tal vez de forma involuntaria), es el mismo carbono en un lado y en otro. En distintas formas sí, pero claramente vinculado. Sólo hay que aprender a unir ambos lados. Aunque no es fácil, ya que para ello hay que empezar por limar diferencias técnicas, diferencias que se alargan cuanto más tiempo pasa uno encerrado en su estudio sin recordar la importancia de las aportaciones interdisciplinares.



El futuro está en los puntos medios, es decir, en abrir barreras y en unir campos de investigacion. Sólo asi podremos encontrarle más sentido a los procesos ecológicos. Mi objetivo con esta entrada es, al fin y al cabo, corroborar la necesidad de aquéllo para lo que estoy estudiando: caminar hacia el estudio de boundless cycles.



lunes, 24 de octubre de 2011

La importancia del carbono, sin perder la perspectiva

Hace no tanto era mucho mejor no aceptar que el hombre, con su desarrollo económico exponencial e incontrolado, estaba perjudicando al medio ambiente; era mejor no despertar conciencias que presionaran para llegar  a un cambio de paradigma que mejorara nuestro medio ambiente en detrimento del crecimiento económico. Pero no se podía hacer oídos sordos a lo que ocurría ante cada vez más pruebas científicas.

Ahora que, en términos generales,  se puede decir que ya se ha aceptado que existe el cambio global. Ahora que a la población en general le suena aquéllo de la importancia que tiene el ciclo del carbono. Ahora que hablar de reducción de emisiones de carbono es equivalente a solucionar el cambio climático, y que los políticos lo usan dentro de sus discursos para asegurarse su "imagen verde". Ahora que, en definitiva, el carbono está de moda y hasta tiene su propio precio en su propio mercado, es hora de hacer una lectura un poco más profunda y ser cautos con todo esto...

Las herramientas para estimar el carbono que "entra y sale" de los ecosistemas, esto es, que se intercambia entre la atmósfera y las plantas y suelo, no paran de proliferar. Existen multitud de modelos globales que dan cifras redondas e impactantemente altas sobre las cantidades que emitimos o secuestramos dependiendo del uso que hacemos de nuestros recursos (si cortamos árboles, más CO2 a la atmósfera, si reforestamos, más carbono se secuestra...). Estos avances son muy importantes y el hecho de que por fin se invierta en investigación sobre el cambio climático nos alegra a todos los interesados e interesadas. Pero es un arma de doble filo. Una vez que los modelos y estimaciones arrojan sus números, se empieza a poner dinero para implementar aquellas medidas que ayudarán a mantener más carbono en los ecosistemas según los estudios realizados. Pero para conseguir eso, las medidas deben hacerse a nivel local, refiriéndome con local a una escala que permita llevar a cabo un cambio de gestión de territorio (ya sea a nivel de propietario, de espacio protegido...). Sin embargo, las cifras muchas veces vienen de modelos generales, de modelos aún en desarrollo. Cuando se intentan interpretar sus resultados a una escala menor, hay algo que no cuadra. Y es que hay muchísimos factores que no se tienen en cuenta todavía en los modelos del carbono, por ejemplo, el transporte lateral del mismo: el carbono en suelo no es estático, gran parte de él se escapa hacia las aguas subterráneas, ríos y lagos. Los modelos más clásicos hacen una estimación del intercambio vertical de carbono (tierra-atmósfera), pero no incluyen el intercambio lateral (tierra-aguas superficiales-océano), por lo que muchos de ellos pueden estimar que la cantidad de carbono secuestrada en un determinado bosque es X, pero si se mirase en detalle podría no corresponderse con la realidad, ya que parte de esa estimación se habría "escapado".

Y como esta limitación, existen muchas otras. Entiendo que se puede pensar que tales aclaraciones son sólo puntillitas de científicos que siempre buscan la perfección y no son relevantes en la vida real. Sin embargo, dichas "puntillitas" cobran importancia cuando instituciones, empresas, o quién sea se aferran a las cifras de carbono con avidez para buscar soluciones y/o vender y comprar carbono. Puede ser un defecto mío, que siempre pequé de cauta, pero no me gustan las cifras absolutas, no me gusta hablar de toneladas de carbono secuestradas aquí o allá. Yo prefiero centrarme en los cambios relativos, que, aunque reconozco que es necesario cuantificar, a mí me interesa más conocer cuál es la dirección correcta y aplicar cambios y medidas a pequeña escala, pero para ello sí que es necesario tener en cuenta todas las entradas y salidas del sistema, no vale con aproximaciones. El ciclo del carbono tiene letra pequeña, que hasta ahora poca gente se ha parado a leer.

La conclusión de todo esto es que, como ya escribí en este blog cuando estaba recién nacido y yo empezaba a sumergirme en el mundo de la restauración de ecosistemas, se debe pensar globalmente, pero no olvidemos actuar localmente.