sábado, 29 de diciembre de 2012

Algunas diferencias entre un invierno en Bélgica y un invierno en Andalucía

- Las estrellas
- El brasero bajo las enaguas de la mesa camilla.
- Las gafas de sol
- La necesidad de gritar para poder escucharte en un bar.
- El azul del cielo.
- La parada para el cafelito a las 12 del mediodía.
- El ruido de petardos.
- La compra de uvas al por mayor cuando se acerca fin de año.
...

...Y tantas otras cosas más, que me hacen sentir como en casa, pequeños placeres que son más apreciables cuando vienes del norte. 

¡Feliz 2013 a todos!



domingo, 9 de diciembre de 2012

Pequeños gestos que alegran la vida

Hace tiempo que ando baja de inspiración. Tengo ganas de escribir, pero no consigo ninguna historia suficientemente interesante para compartirla con vosotros. Hoy he llegado a este vídeo y me ha arrancado una sonrisa. Creo que es una buena manera de romper el hielo de este invierno bloguero y ayudaros a llenar de buenas intenciones y optimismo el comienzo de la semana.

Give a little love


Y ya de paso...¡feliz navidad a tod@s!

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Acantilados de Howth...¿o los motivos de la huelga?

He comenzado a escribir esta entrada en plena mañana del día de la huelga general 14-N...Se me ocurre que tal vez debería escribir algo sobre la huelga y de repente me doy cuenta de que de lo que os iba a hablar hoy puede fácilmente relacionarse con los motivos de esta huelga general. Ayer terminé de leer Los acantilados de Howth, primera novela publicada de David Pérez Vega. Encontré reseñas de este libro navegando por internet y todo indicaba que la lectura podía recordarme experiencias vividas por mí misma: un joven madrileño que al terminar la carrera decide irse a Irlanda a probar suerte y aprender inglés, ya sentaría la cabeza cuando volviese a España...

La novela trata de los jóvenes de hoy en día, de la facilidad que tenemos para decidir emigrar al extranjero a vivir una aventura, a aprender idiomas, a vivir una realidad ficticia. De cómo de dura puede ser la vuelta a España (en el caso del personaje del libro, a Madrid) cuando te das cuenta de que las aventuras en el extranjero fueron solo un espejismo, que la vida real va de hipotecas, largas jornadas de trabajo y viejos lugares archiconocidos. 

Hasta aquí todo bien, a medida que el autor va describiendo estados de ánimo durante su vida en Irlanda y a su vuelta a su ciudad natal puedo reconocer muchísimos de ellos, experimentados durante mis estancias fuera. Sin embargo, hay algo que no cuadra, pequeños detalles que hacen la diferencia entre estas experiencias y la mía: la historia de este joven aventurero transcurre entre 2005 y 2007.

El libro describe la experiencia de un joven que decide marcharse por voluntad propia, principalmente debido a sus ganas de aventura. Siguen habiendo muchos que elijen destino en el extranjero por la experiencia vital, por supuesto, pero a este grupo se le están anexando muchísimas personas que se marchan, con más o menos ganas, buscando algo que en España no encuentran, algo fundamental. Buscando condiciones que Ricardo, el protagonista de Acantilados de Howth, encontró nada más llegar a Madrid: trabajo y casa en propiedad. Sufrió otro tipo de penurias, la readaptación no es fácil y el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue nunca te abandona, pero entonces, allá por el 2005, la decisión de volver a España no conllevaba las preguntas hoy día tan trilladas de: "¿Conseguiré trabajo?", "¿Lograré independizarme algún día?". De lo de comprarse una casa, mejor ni hablemos.

El capítulo final del libro comienza: "Hemos vendido la casa. Ha sido rápido, y en el poco tiempo transcurrido desde que la compramos se ha revalorizado un cincuenta por ciento. Este país se está volviendo loco." El personaje acaba de cumplir 30 años. Y sí, éste es un libro de ficción, pero todos sabemos que en el 2007, hace 5 años, el país funcionaba así. No sé a vosotros, a mí me ha dado que pensar...

En fin, no quería dramatizar, pero es que lo que estamos viviendo es un drama, lo queramos ver o no. No me referiré al poder adquisitivo, al no poder comprar un coche nuevo con un sueldo medio de un ingeniero español o no poder viajar todo lo que a los jóvenes nos gustaría, no hablo de lujos. Me refiero al derecho a la vivienda, al derecho a vivir independientes, que atribuyo a los jóvenes veinte- o treintañeros (¿estaré demasiado loca?).

Me fui por las ramas: cuando terminé el libro pensé en hacer una pequeña reseña en el blog, y la influencia de la huelga me ha llevado por otros derroteros. Sea como sea, Acantilados de Howth es una lectura muy recomendable, fresca y actual. Especialmente para personas que, como yo, han vivido la dicotomía experimentada al vivir en el extranjero: la alegría y melancolía, la emoción y la añoranza, las ganas de conocer más con la sensación de pérdida de lo conocido. Un libro que refleja los sentimientos de un joven que debe adaptarse a la realidad que dejó en España tras volver de su aventura irlandesa. Fue duro. Consiguió trabajo y casa, pero fue duro. Yo prefiero no tener que adelantar el futuro que nos espera a los que salimos y aun no vemos la fecha en que podamos volver...






jueves, 11 de octubre de 2012

París: la cara y la cruz

Nunca se imaginó que al entrar en aquel edificio, se quedaría sin aliento. Acababa de salir de la boca del metro: caras tristes, olores rancios y prisas que empujaban la habían rodeado durante media hora. Carteles mal colocados le habían procurado quince minutos extra de viaje subterráneo. En general, no se podía decir que la gente fuese precisamente amable: cada uno parecía tan ocupado en su propios problemas y urgencias, que había preferido buscar el camino por su cuenta. Cuando por fin empezó a subir escalones, una claridad que se hizo azul le indicó que por fin salía a flote. Lo primero, gente, mucha gente, morena, rubia, alta, baja, en tacones caros y en gastadas zapatillas. Personas andando por doquier. Tanta distracción le producía un efecto contradictorio, por un lado, excitación (sí, no había duda, estaba en el centro de París) y por otro estrés. Aspiró la brisa del Sena y enfiló hacia su objetivo. Y más gente la estaba esperando. Bueno, no exactamente a ella. Decenas de personas esperaban (¿pacientemente?) una cola que avanzaba muy lentamente. Porque, claro, estaba en París y ella no era la única que había escuchado hablar de sus espectaculares monumentos. Chinos, americanos, italianos, franceses...se amontonaban con pesadas guías y estridentes gorras que les protegían del sol. Minutos eternos de espera la hacían dudar de porqué París es conocido en el mundo entero, porqué tanta expectación. Cómo era posible que millones de personas se volvieran tan locas como para esperar horas por voluntad propia para después pagar una cantidad exagerada para entrar a cada lugar o tomar un simple café. No, no le encontraba sentido.

Sin embargo, ahora, dentro de uno de los cientos de edificios históricos de la ciudad, las milenarias piedras le recordaban la magnificencia de la culturas de París. El tamaño de todo, de los pilares, de las puertas, de las lámparas o de los detalles decorativos, era el doble que en las ciudades a la que ella estaba acostumbrada. Algo la hizo suspirar con gusto: todas las malas caras, la suciedad, la espera y el estrés habían merecido la pena. Se había olvidado la cámara de fotos en casa y en ese preciso instante sintió una urgente necesidad de fotografiar lo que la rodeaba. Está bien, era una turista más disfrutando de algo único. No era inmune a los tópicos parisinos: sus puentes, sus anchas avenidas, las vidrieras de sus edificios, sus cafés de toldos rojos y sillas estrechas conformaban un conjunto único, ruidoso, caro, sucio a veces, pero romántico.

París es una ciudad incómoda, sus precios, su transporte público y su masificación puede hacerte desear salir de la ciudad enseguida. Pero sus encantos sobrepasan todas las dificultades. Es la cara y la cruz de París, una ciudad que no es tan perfecta. A ella nunca le habían gustado las cosas o personas que se proclaman perfectas. París la conquistó.

Decidió que nunca podría vivir allí con una visión a largo plazo, pero deseó con todas sus fuerzas poder tener la oportunidad de volver.



sábado, 15 de septiembre de 2012

“Es mucho mejor vender un árbol 1.000 veces que solo una”


Ésta es una de las tantas frases que podría haber extraído del último libro que he leído y que me ha entusiasmado. No es la más impactante ni inspiradora, pero forma parte del fragmento del libro más relacionado con mi trabajo: el que versa sobre cambio climático y la conservación de la biodiversidad. Pero vayamos por partes...

"El ladrón de cerebros" es un libro de divulgación científica escrito por Pere Estupinyà (creo que a partir de ahora se convertirá en uno de mis ídolos). Es un libro de ciencia para científicos y no científicos. Lo definiría como un suculento libro de divulgación, que aúna investigación, cultura y curiosidad. Un libro que traduce aburridas ANOVAS, meta-análisis o diseños experimentales a simples y justificados cómos, porqués y para qué. El autor extrae valiosísimas reflexiones de personas que se pasan el día entre probetas, modelos informáticos o recolectando muestras y las lleva directamente a tu día a día, para explicar mejor tus relaciones sociales y de pareja, porqué tienes resaca los sábados por la mañana o qué ocurre en tu cabeza cuando tomas decisiones. Todo en un tono tan cercano, que para cuando te acerques al final del libro, sentirás que el autor es un viejo amigo con el que te has paseado por los mejores institutos de investigación de Estados Unidos.

La ciencia es progreso para todos y deja de tener parte de su sentido si no puede ser disfrutada por todos los sectores de la sociedad. La investigación bien explicada puede gustar a cualquiera: estoy segura de que cada persona, ya sea secretaria, carnicero o economista, por poner ejemplos, encontrará en al menos un capítulo del libro un tema que realmente pique su curiosidad y por el que no le importaría comenzar a hacer ciencia. Especialmente si tenemos en cuenta que las temáticas abordadas van desde la investigación en neurociencia y biología hasta genética o incluso sociología.

Un libro que ha levantado mi ánimo en cada tarde que llegaba de la oficina preguntándome si realmente pasar ocho horas haciendo gráficos servía para algo. En esos momentos, volvía a casa y ahí estaba Pere Estupinyà para ayudarme a visualizar la imagen global, para recordarme la relación entre la ciencia básica y la aplicada y para picar mi curiosidad. Su forma de investigación periodística me ha recordado que no hay que tener miedo a aprender y preguntar, al contrario, las preguntas sin respuesta abren las puertas a interesantes reflexiones. 

Por cierto, Pere, del pronóstico final del libro de qué habrá ocurrido y qué no antes del 2030, ya has acertado una: el bosón de Higgs ha sido confirmado experimentalmente y estamos muy cerca de alcanzar otras muchas hazañas. Y aun nos quedan 28 años. Tienes razón, el ritmo al que avanza la ciencia es imposible de abarcar y la manera en que nuestro desconocimiento crece cuanto mas avanza la ciencia es desconcertante. 

Termino como he empezado: se me ocurren mil y un fragmentos del libro que compartir con vosotros, pero los más interesantes los dejo en su sitio, para que los descubráis por vosotros mismos. Por mi parte, cierro con la frase que da título a la entrada: “Es mucho mejor vender un árbol 1.000 veces que solo una”. Pues eso, que deja más ingresos por hectárea el turismo naturalista de una reserva ecológica de Costa Rica que la deforestación para plantar café (comprobado científicamente).


jueves, 23 de agosto de 2012

Estupideces provocadas por la presion de la crisis I

Ayer fui al hospital a visitar a un compañero con tuberculosis. El hospital era belga y el paciente indio. Por suerte, se dieron dos condiciones fundamentales para que pudiera recibir una buena atención: tiene todos sus papeles en regla y no se encontraba en España. 

El caso de ayer me hizo pensar...¿Que ocurriría con un inmigrante ilegal que llegase a un hospital español con fiebre e inapetencia, que fuera indio, pero que nadie quisiera atender porque no contribuye a la seguridad social? Pues pasaría que lo mandarían a casa. Pero por ignorarlo de esa manera, el inmigrante no dejará de estar en nuestra sociedad, no regresará a su país, se quedará en nuestras calles, bares, tiendas, empeorando, poniendo en riesgo su vida y (aquí va el argumento para aquellos que toman estas medidas y, por tanto, carecen de una gran dosis de empatía) también poniendo en riesgo las nuestras. Ayer tuve que entrar con mascarilla a la habitación de mi amigo, como prevención de posibles contagios.

Por supuesto, no estoy en contra de negar la sanidad a los inmigrantes en  España solo por el riesgo que ello supone para nosotros mismos. He empezado con tal argumento para presentar el problema con agresividad y para exponer lo que le diría a cualquier defensor de estas "curiosas" medidas de ahorro en tiempos de crisis, que solo parecen atender a argumentos enfocados a un aumento del bienestar individual.

Sé que la sanidad es cara y que en España hay que dejar de derrochar. Pero con la salud no se juega. La salud no entiende de razas, religiones, sexos o carnets de identidad. Me alegro enormemente de la campaña que Médicos del Mundo ha lanzado en contra de negar la asistencia sanitaria a los sin papeles. Me alegra recordar que siempre queda gente que da prioridad a la ética y moral  sobre los estragos económicos. Sin embargo, éstos siguen siendo grupos aislados de presión que reaccionan a los distintos recortes sociales que el gobierno está llevando a cabo; grupos que, como yo, no soportan las estupideces de políticos que parecen no razonar bajo los efectos de la presión en tiempos de crisis.

Sueño con el momento en el que en España se revierta esta situación que parece ir cada vez a peor: ¿cuándo empezaremos a recordar que somos una sociedad, que no se funciona bien si el conjunto de grupos sociales no funciona bien? Maximizando el bienestar individual no se llega a ninguna parte. Adelante: reservaos a los médicos para que os traten solo a vosotros, pero cuidaos bien cuando salgáis a la calle: pueden haber muchos virus y bacterias acechándoos en cualquier esquina.

jueves, 19 de julio de 2012

Si...

Esta entrada se la debo a mi abuelo, que en una tarde cualquiera de un jueves cualquiera me dio un texto que me reconforta, no importa cuántas veces lo lea. 

If

If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too:
If you can wait and not be tired by waiting,
Or, being lied about, don't deal in lies,
Or being hated don't give way to hating,
And yet don't look too good, nor talk too wise;

If you can dream---and not make dreams your master;
If you can think---and not make thoughts your aim,
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors just the same:.
If you can bear to hear the truth you've spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build'em up with worn-out tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings,
And never breathe a word about your loss:
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on!"

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with Kings---nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much:
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds' worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that's in it,
And---which is more---you'll be a Man, my son! 



By Rudyard Kipling