A partir de ahí, el verano me lo inventaba yo. Primero tuve que asimilar toda la información que he absorbido durante mi año madrileño, tuve que aceptar que ese fantástico curso realmente acabó: no volveré a Madrid en septiembre, no se repetirá un día de presentación del Máster en Restauración de Ecosistemas donde nos pongan ricos aperitivos y las miradas de todo el mundo estén llenas de ilusión y buenas intenciones. Todo este curso fue maravilloso...pero irrepetible. Menos mal que las personas que nos hemos conocido seguiremos en contacto, aunque cada uno sigua su camino, ¡de eso estoy segura!qué suerte he tenido este año...
Una vez aceptada esa parte, mi mente se desaceleró (de ahí el parón experimentado en este blog). De vivir una experiencia tras otra, de tener actividades planeadas para cada hora del día, pasé a un estado de relax e inactividad que no había experimentado en mucho tiempo. Entonces me sumergí en un verano de auténtica vagueza, acompañada principalmente por Lisbeth Salander, Vetusta Morla, las cervecitas en la piscina, los botijos de mi casa y los atardeceres del Muriano (acompaño la entrada con dos fotos que ilustran muy bien a que se han reducido básicamente mis días veraniegos):
Pero llega un punto en el que mi cabecita se siente renovada y siente la necesidad creciente de volver a pensar, de estar ocupada. Ahí es donde entra en acción el apartado "Nuevos retos". Es hora de mirar para delante, y lo que tengo delante es una nueva y gran experiencia: una estancia de 5 meses (quién sabe si no se alargará) en Cranfield (Inglaterra). Todo ha sido tan rápido, las decisiones tomadas en los últimos meses han sido tan precipitadas y llenas de contradicciones, que aún no había asimilado mi nueva meta. Claramente, necesitaba tener la mente en blanco un tiempo, para ahora retomar lo que me viene con ilusión. Ahora empiezo a entender que entro en otra etapa que me plantea nuevos retos. El primero: retomar y mejorar el inglés (al que me he enfrentado apuntándome a un cursillo intensivo). El siguiente: buscar alojamiento. Mientras tanto, disfruto de esta agradable sensación que provoca la incertidumbre de qué pasará, a quién conocerás, cómo será la vida en otro país, qué lugares me sorprenderán, qué aprenderé...No sé si algún día me cansaré de esta emoción que se siente al cambiar de aires, pero por ahora estas ganas de conocer más y más son las que me impulsan en mis decisiones.
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Tras esta entrada tan personal y reflexiva, quería destacar lo mejor y lo peor de este prototipo de verano vago:
Lo mejor:
- He disfrutado mucho más de mi familia
- A veces, no hacer nada no es tan malo, al revés, puede servir de terapia
- Las cosas se saborean más así, despacito y sin prisas
Lo peor:
- ¡¡Necesito una buena juerga!!


Por la tarde vamos a La Latina a seguir calentando motores, está todo lleno, es San Isidro, en la Plaza de la Cebada llegan cada vez más grupos para beber y comer pipas. El tiempo acompaña...¡qué agustito estamos!

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